Impulsos.
Lágrimas. Es cuando te rodea un frío en pleno bosque soleado. Todo se te viene abajo, el significado cambia mientras lo vas recordando, mientras lo memoriza tu inconsciente, cuando tú en realidad, solo quieres olvidarlo. La lluvia de tus ojos empieza a llenar tus blancos pulmones, desgastados por la nieve de la cocina. La Luna te sonríe, la maldita te sonríe. Polos opuestos, trago amargo a los talones. Vas caminando a tu precipicio de autoestima. Todo por una señal, por un acto, por una palabra, por un suspiro, por un segundo.
Tus zapatos están mojados de arena de un desierto que convertirte en un prado de tulipanes; tulipanes de colores inexistentes. Tú sabías que los eran, entonces, ¿porqué los amaste tanto? No te aferres, no es el momento, tus manos siguen vivas, aunque estén llenas de restos de envolturas de pinturas. Las lijas de tus labios vuelven a salir de los escombros, y tu pasado, tu solitario pasado, vuelve a salir, acompañado del ocaso de tu diversión.
El libreto de tu obra prima lo dejaste en el estanque, junto con tus recuerdos. No llores sudor, no lo vale; al menos, éste momento no lo vale. Me verás directo a la cara, con tus ojos negros de porcelana y tus mejillas color carmín descocado. Me preguntarás porque no vale la pena aullarle a la Luna, por tu mitad que se suicidó por un tercio de otra. Yo te diré, simplemente: Porque con tu vestido de cortina y tus pies helados, eres la mujer radiante que soñé la noche de ayer, pero me frustra que no lloras por mí, sino por el obscuro abismo: estás llorando solo por puros impulsos de tu miserable vida.
 
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